viernes, noviembre 06, 2009

La posibilidad del prodigio (Divagación)


De niño tuve un amigo que se llamaba Miguel. Tendríamos ocho o nueve años. Íbamos al mismo colegio. El Miguel vivía en el barrio de enfrente, en el de los Transportes Urbanos, llamado así porque el vecindario se componía de familias relacionadas con los autobuses municipales: conductores, cobradores, mecánicos. El padre del Miguel era mecánico. El Miguel me contó con mucho secretismo y bajo juramento de no decírselo a nadie que su padre le había fabricado un cohete. Un cohete espacial. Un cohete que él mismo pilotaba y con el que viajaba por el cosmos cuando su padre "le traía gasolina". En pago a nuestra naciente amistad y a los lazos que estrechaban las confidencias, me prometió que un día lo acompañaría en alguno de sus viajes. Aquella promesa de aventura me tuvo inquieto durante semanas. Ni siquiera el que se negara a enseñarme el cohete —que decía tener guardado encima de un ropero y tapado con una sábana—, me hizo dudar jamás de la veracidad del artefacto. Tampoco que mi tío o mi padre se rieran cuando incapaz de mantener el secreto de la maravilla, lo conté todo. Solo pudo el tiempo acabar con mi ciega confianza. Los continuos aplazamientos del viaje por parte del Miguel comenzaron a desilusionarme. También el que fuera rebajando las prestaciones de su cohete. Un día me confesó que bueno, que en realidad su cohete no subía hasta lo más alto del cielo sino que todo lo más alcanzaba la altura de un quinto piso. Aún así, el viaje proyectado me seguía pareciendo el mayor de los sueños. Pero la rebaja continuó en días sucesivos y así el cohete ya no llegaba ni a un tercero, ni luego a un primero, ni luego a medio metro... El Miguel y yo dejamos de ser amigos. Nuestra amistad se diluyó en la misma medida que el cohete fue perdiendo capacidad de ganar altura.

Sirva esta anécdota para ilustrar una pauta tantas veces repetida, el contemplar en algún momento de nuestras vidas la posibilidad del milagro, el tener al alcance de la mano, certera, tangible, la posibilidad del prodigio. Es lo que le sucederá a Sancho Panza —un poco ensuciado por el interés a diferencia de otros crédulos como El Primo o la dueña Doña Rodríguez— cuando don Quijote le prometa el gobierno de una ínsula, que su hija se casará con un duque o que su hijo llegará a ser arzobispo. Sí, todo terminará finalmente en burla y ridículo, pero antes de que llegue la chacota, la POSIBILIDAD del prodigio existió, y por tanto su gozo pleno tanto mayor en las vísperas del suceso como el propio suceso. Y es esto mismo es lo que encuentro en la relación del personaje de Javier Cámara y su admirado Torrente. La sorpresa que recibe el muchacho tímido, ayudante en una pescadería familiar, insignificante, ante lo verosímil que pueda resultar un cambio en su vida, es uno de los fondos que más me interesó de la película. Con la misma intensidad con que el recuerdo de los amores adolescentes a veces nos asalta, o el cómo era la vida cuando aún las leyes de la física no lo ordenaban todo, es lo que pude percibir en esta relación del personaje con su héroe en medio del fangal en que se encuentran. Pero después de todo este rollo, ¿qué tiene Ignatius Really de Lazarillo? No, si ya me estoy viendo intentándolo de nuevo...
© Sap.
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martes, noviembre 03, 2009

"El tiempo de los trenes" Fernando Fernán-Gómez


Entre que me metía o no me metía con el primer tomazo de lo del sueco (que al final me he metido y llevo ya ¾ partes del volumen), se me presentó ante la pantalla este título de Fernando Fernán-Gómez, y quieras que no, ya fuera por retrasar el echarle las gafas al libraco y el darle otra oportunidad al eximio actor junto con lo breve de la obra, me decidió a leerla. También, la inmediatez que representa tenerla almacenada en el lector electrónico, sea todo dicho.

La cosa tenía su aquél dado que la única novela que leí de Fernán-Gómez -"El mar y el tiempo"- no me gustó nada. En ella me encontré con una forma de narrar, un estilo si se quiere llamar así, que también era el mismo empleado en sus colaboraciones periodísticas y que me cansaba, me aburría. Una manera de ir dando rodeos para explicar algo tal vez baladí. Demasiadas puntualizaciones, demasiados circunloquios, demasiadas comas separando simples palabras, demasiado frenar el discurrir de la lectura. Para mi congoja, fue el mismo estilo que encontré en el largo prólogo que antecede a esta "especie de novela" como la llama el mismo autor. Pero el ánimo de encontrar tal vez allí parecidas satisfacciones a las que me produjo su memorable película, "El viaje a ninguna parte", pues el libro trata de compañías teatrales y sus peripecias, me animó a seguir. Ahora puedo decir que fuera del prólogo, la especie de novela "El tiempo de los trenes" (su última narración, 2004), me ha resultado una lectura deliciosa, absorbente y, por supuesto, recomendable.

Como digo, "El tiempo de los trenes" cuenta, empleando esta vez un lenguaje suelto, inmediato, fresco, los éxitos y tribulaciones de varias compañías teatrales y de los miembros que componen sus elencos. La narración no se desarrolla de manera lineal sino que se alternan las voces de unos y de otros en cortos capítulos donde se emplea incluso la notación dramática. El conjunto, claro está, llega a recordar la factura de "La colmena" de Cela. La historia arranca al nacer el siglo XX y termina a principios de la década de los 60 por lo que, en gran parte, coincide en el tiempo de la película citada aunque se diferencia de ella en su carácter más urbano, menos itinerante de pueblos, y a la calidad que, en general, presentan los cómicos. Quiero decir que las compañías retratadas tienen cierta categoría, las adscritas a la llamada alta comedia que representaban a Benavente y a Wilde y que llegaban a debutar en Madrid y Barcelona antes de comenzar sus giras -y aquí una de las más odiosas expresiones centralistas- "por provincias".

Los personajes son muchos y quedan consignados en un quién es quién al principio del libro. Aparte del narrador, cada uno tendrá voz propia, desde el niño hijo de actores Andresito Valle (que parece trasunto de Fernán-Gómez), al viejo actor Cuartero que se pasea por los cafés de contratación buscando faena; desde el caricato Miguelón al prestigioso primer actor Eduardo Esteve, etc. Pronto quedará consignado lo estamental, por así decirlo, de la profesión en aquel tiempo donde los papeles estaban asignados a la especialidad de cada uno: galán joven, actriz de carácter, galán cómico, meritoria sin sueldo. Algo obligado desde el momento en que eran los propios actores y actrices los que debían sufragarse, por ejemplo, el vestuario. Junto a estos protagonistas, el lector será testigo de un periodo histórico de los llamados convulsos, ya se imaginan, aunque sean tiempos buenos, malos o regulares, será ineludible la presencia que como hilo conductor durante toda la lectura representan los vagones de segunda y tercera a los que se refiere el título, las esperas en las estaciones, los abrigos con las solapas subidas y el ser todos carne de pensión barata con olor a col hervida y a pescadilla frita. A los cómicos, ya se sabe, se les tenía vedada la entrada a los hoteles de postín.

Pensándolo para mí, no creo mal destino haber sido picado por el bicho del teatro y haberse enrolado en una de estas compañías de medio pelo itinerantes, y vivir en ese espacio entre la bohemia y la literatura. Ese contrato lo hubiera firmado sin dudarlo un momento. Pero como no puede ser, me conformo imaginándolo y para ello, nada mejor que este "El tiempo de los trenes" tan ameno, breve, agridulce y evocador.

viernes, octubre 30, 2009

Movilgrafías: "Azahares de octubre"


En este octubre que acaba lozano y primaveral, ha estallado fuera de tiempo la silente cohetería blanca del azahar (se me perdone la cursilada). Un naranjo florecido como una sorpresa en mitad de la calle, en mitad del otoño, y cuya fragancia y porte son los de una muchacha adolescente que no se decide a guardar sus vestidos de tirantas.

martes, octubre 27, 2009

"El abuelo, guitarrista"


La guitarra del abuelo se constituyó con el tiempo en un elemento molesto por su omnipresencia. Si queríamos descargar los bártulos del veraneo que se guardaban en una alacena, allí la encontrábamos ante las sillas plegables y el saco de herrajes de la tienda de campaña. Si por el contrario comenzaba la temporada invernal, la hallábamos sobre las mantas y los edredones dificultando la extracción. Así que la quitábamos de enmedio, aparecía bajo una cama estorbando el alcanzar los enseres allá dispuestos o se corporeizaba en los rincones más inauditos criando polvo como aquella arpa becqueriana, o nos asustaba en mitad de la noche con su desplome ruidoso de armario.

Su origen fue uno de los sueños incumplidos del abuelo, en este caso el haber formado parte de una rondalla. El abuelo manifestaba una gran admiración por todo aquel capaz de ejecutar una melodía con algún instrumento de pulso y púa y aunque confesaba que en su juventud había tenido devaneos con una bandurria, disimulaba su fracaso de instrumentista arguyendo la poca seriedad que ofrecía esa especie de guitarrita jibarizada donde todo lo más que se podía tocar era “Clavelitos”. Cercano ya a la jubilación, su alegría fue enorme cuando el boleto que habíamos comprado en una tómbola, resultó premiado con una guitarra. ¡Qué mimos, qué cuidados en su traslado a casa! Con sus hábiles manos logró transformarla en un objeto donde al menos Andrés Segovia no habría vomitado la primera papilla que le dieron. Adornó los trastes con puntos de nácar, cambió las cuerdas que de origen eran infectas, colocó un pulsador, lubricó clavijas e incluso barnizó a muñequilla las zonas donde las superficies aparecían mates. Pertrechado luego de plectro y cejilla, adquirió en un comercio del ramo un método de aprendizaje con acordes cifrados dispuesto a llenar con el estudio las largas horas de ocio que se le avecinaban.

Todo fue inútil. El que el abuelo combinara tres acordes seguidos era imposible; el hombre se hacía un lío con los dedos, le aburría su propia descoordinación y acababa desmoralizado. Nosotros, inclementes, le hicimos ver además que lo de tocar la guitarra como él quería no sólo era soltar una ristra de acordes como si fuera un cantautor cansino sino que debía acompañarse de una melodía reconocible y usar de los arpegios y punteos. Estas aseveraciones lo hundían ya por completo, así que por fin apiadados, le sugerimos que obviara los acordes y que directamente atacara musiquillas con el concurso de las cuerdas más finitas. Iluminado por esta posibilidad, prescindió de métodos liantes y a partir de entonces se dedicó a plasmar de oído sus canciones favoritas. Aquello, desde luego, fue un disturbio familiar pues los ensayos continuos distraían nuestra atención del televisor y le ordenábamos el silencio entre chisteos de lechuzas. Irredento, el abuelo no cejó en su empeño y nos juraba y perjuraba que aquel goteo de ting... tring... tingtring... trongtrong... era una versión del bolero "Contigo en la distancia".

Pero no eran solo las lamentables ejecuciones lo que le hacían digno del estrangulamiento, sino su acompañamiento de gestos y mohines que a todos nos llenaban de estupor. Esforzado como un niño que se ejercita en la caligrafía, el abuelo asomaba la punta de la lengua cada vez que pulsaba una cuerda o acomodaba un dedo en un traste. Ladeaba la mandíbula y hacía tan extraños visajes con los ojos que provocaba el bizqueo dándole apariencia de cretino de baba. Esta colección de deformaciones hacía que la abuela se sintiera avergonzada de su marido, creando en ella el horror de que alguna visita sorprendiera al cónyuge en plena interpretación de una pieza. Era por eso que cada vez que sonaba el timbre de la puerta instara a grito pelado al abuelo para que guardara la guitarra. "¡Pero tú crees que la guitarra la puedo esconder como un bolígrafo. Vamos, hombre!" Y comenzaba la trifulca acostumbrada con los resultados de siempre, esto es, una disonante ejecución del tango "Bandoneón arrabalero" con toda suerte de tring... tring, trong... trong y trang... trang.

Ante el escaso entusiasmo conque el abuelo vio acogida su afición y consciente de que en los ocho o nueve meses transcurridos se sentía incapaz siquiera de afinar su guitarra de feria, abandonó para siempre el proyecto de convertirse en concertista y optó por comprarse unas acuarelas porque si la gloria no le recibía como músico, sí lo haría como paisajista. De esta forma y como dijimos, la guitarra cambió su utilidad melódica para, desencordada y llena de mataduras, convertirse en mueble molesto en su permanente exilio de pelusas.

©Sap.
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domingo, octubre 25, 2009

Movilgrafías: "Precisión"


Sumado a los clásicos avisos de escaparate, desde el gozoso “Cerrado por vacaciones”, al lúgubre “Cerrado por defunción” y pasando por lo precipitado del “Vuelvo en 5 minutos”, me topo con este ejemplo tan novedoso como preciso de “Cerrado por intervención quirúrgica” que hasta incluye el deseo algo angustiado del “espero que sean pocos días”, que parece más dirigido al propio redactor del aviso que a su distinguida clientela. Roguemos en todo caso por su pronta recuperación. El mundo necesita de estas gentes bien habladas y mejor escritas.

jueves, octubre 22, 2009

"Un armario lleno de sombra" Antonio Gamoneda



"Un armario lleno de sombra" viene a ser como la primera entrega de las memorias de Antonio Gamoneda, el poeta nacido en Oviedo pero enraizado en León que fue premio Cervantes en 2006. Como tal primera entrega (el que sea entrega o no entrega es cosa mía de mi imaginación), el libro recoge el tiempo de su infancia, desde su protohistoria, esto es, su biografía conocida por terceros cuando no la alcanzaba desde la inopia infantil, hasta los catorce años, momento en que entra a trabajar como chico para todo en el Banco Mercantil de su ciudad.

Antes de esta lectura nada sabía de este hombre que no fuera, como digo, lo del premio Cervantes y la especie de oda a la pobreza en que consistió su discurso de entrega. Tal vez, y en la misma información, pude leer alguno de sus versos pero no lo recuerdo. El personaje parecía interesante y junto al carácter memorialístico del libro y el saber al autor una suerte de selfmade man de los versos, el empujón para leerlo fue suficiente.

El resultado de la lectura ha sido más que bueno, agradeciéndose mucho los párrafos cortos y el mediano calibre del volumen. Como no podía ser menos, la carga poética en la prosa de Gamoneda es notable, sobre todo en el primer tramo, porque a medida que avanza la narración -y esto es nada más que una observación no una pega- el carácter lírico se va aligerando hasta convertirse la redacción en más textual, más prosaica en el buen sentido y por tanto, en una sucesión de anécdotas familiares, domésticas y escolares convertida en crónica cuasi periodística pero entretenida. Por supuesto, todo el relato esta marcado por la muerte del padre en primer lugar y sobre todo por la larga travesía del desierto postbélico que llenará su vida y la de su madre de pobreza (aunque las he conocido mucho peores), desesperación y humillación. En todo caso, la historia que nos cuenta Gamoneda no es una historia de perdedores frente a ganadores como se dice en la solapa del libro, en absoluto, dada la poca significación política de su familia y su entorno. La conciencia de clase vendrá mucho después porque de momento, el niño acepta las penurias como algo natural, ya que no conoció el breve periodo en que sus padres creyeron haber sobrepasado el escalón que los acercaba a una burguesía más o menos ilustrada.

El título del libro hace referencia justamente al armario que ya de adulto revisará Gamoneda el mismo día que fallece su madre. Su contenido (entre otros objetos encontrará la jeringuilla que utilizaba su padre morfinómano) actuará como magdalena proustiana y. adelante con los faroles, el mecanismo evocador se pone en marcha. Cambios de domicilio continuos, la muerte de su padre y el posterior descubrimiento de un libro de poemas que publicó en su juventud y que será germen de su vocación poética, luego la guerra, el hambre, la pobreza, la mezquina familia, el sórdido despertar a la sexualidad, los amigos, el colegio, etc., todo en un León en que parece que el invierno helado se ha instalado a perpetuidad. Algunos episodios relatados fuerzan a una amarga sonrisa, otros son tremendos en su violencia para la que no ahorra crudeza en las descripciones: la tortura a una perrita infligida por el propio Gamoneda es un episodio especialmente terrible, la paliza recibida por un grupo de falangistas por cruzar la calle mientras discurre un desfile, el hurgar en la tumba de su padre para rescatar los dientes de oro que necesita colocarse su madre, los problemas de convivencia en las pequeñas viviendas que llegarán a atestarse de realquilados y refugiados forzosos. Uf.

En fin, para terminar y sobre todo porque ya me he hartado de escribir; sea dicho de paso, no dudo en recomendar la lectura de "Un armario lleno de sombra" a todo aquel que encaje bien los cúmulos de desgracias aunque vayan envueltos en el papel a veces brillante del lirismo, y que por el contrario, se abstengan de acercarse a Gamoneda los aficionados a entonar la vieja copla: "No me cuentes penas, cuéntame alegrías." porque aquí, desde luego, encontrarán muy poco de lo último.

lunes, octubre 19, 2009

"El mueble-bar"



Allí, en la casa, era todo variado pero caótico, como el jaulón de unos periquitos. Cuatro adultos, cuatro niños, tres adolescentes y una tortuga.


Había dos mundos separados apenas por un tabique.


De un lado la salita de estar, el espacio diario de las trifulcas que consagraba su mejor rincón al televisor. Mesa camilla y aparador que se adornaba en navidades con el anisette Marie Brizard de la abuela y el coñac Terry del abuelo, el de la red amarilla tan fantástica para jugar a los atracadores.

El otro mundo era el gran salón-museo, un recinto para admirar en silencio, con arrobo, pero con la absoluta prohibición de ser usado aunque fuera para aliviar la presión demográfica que nos atenazaba. Dos eran los tiranos que ejercían su imperio: el tresillo flamante —eskay rojo, tapicería morada— y el airoso mueble bar, ligero y sofisticado como una comedia de Cary Grant.

Mueble-bar. Palabra compuesta que condensa al menos veinte años.

El hacinamiento en la salita de estar se rompía en contadas ocasiones. Muy especial tenía que ser el motivo para que mamá o la abuela, volviéndose locas, nos dejaran hollar el gran salón y hacernos usuarios de los sillones. Tanta era la falta de costumbre que, relegar por un rato nuestro papel de espectadores para convertirnos en usufructuarios de muebles, nos hacía sentir cohibidos ante las visitas, y sin quererlo, pasábamos por personas formales y educadas.

Eran muchos los objetos que allí atesoraban mamá y la abuela. Verdaderas joyas del arte kitsch que algún día enumeraremos para diversión de unos pocos. Pero para no hacerlo largo ahora nos centraremos en el mueble bar, en sus impolutas formicas, en la audacia de sus tiradores, en la disposición de sus cristales, pero sobre todo en su sancta sanctorum, el contenedor de botellas.

Ojo.

Botellas de estricta función decorativa. Botellas para enseñar y no para beber. Botellas intactas que llegaban a cumplir lustros de antigüedad. Botellas, en suma, de ensueño cinematográfico.

Sí. El pequeño espacio para las botellas y los vasos serigrafiados con marcas exóticas, era el bar que daba razón de ser al mueble-bar y que más que bar parecía, por su interior fulgurante, el sagrario de una iglesia. Había un efecto multiplicador en los espejos que forraban el cubículo, repitiendo brillos y colores en una fragmentación caleidoscópica, hipnótica como el fuego.

Allí estaban todos.

El ámbar líquido del Licor 43 y la austera cuadratura del Cointreau.
La reiteración especular del ponche Caballero y el cañí poliédrico del Anís del Mono.
El cuello elegante del Calisay y el misterio del Cynar y su alcachofa, tantos años sin que nadie se atreviese a abrir la botella.
Los ecos de gestas balleneras en Groenlandia que traía la Arpon Gin (a la naranja o al limón) y el sofisticado violeta del Parfait Amour, el licor que siempre rehusaron las visitas a pesar de nuestro empeño en ofrecerlo.
La intensidad verde y jovial del Pippermint con que alguna prima ye-yé, hacía para ella y sus amigas el cóctel Vaca Suiza, que era mezclar la menta con leche (había otro más moderno todavía, el Alaska, que resultaba de ligar la leche condensada con Coca Cola).

Todos. O casi. Los suficientes como para hacernos caer ahora en la trampa de la nostalgia.
Sí. Perdonad que miremos de nuevo hacia atrás, pero todo aquello tal vez nos hizo felices. Al menos nos acercaba a los decorados de Hollywood y por un momento, cuando se abría la puertecilla vertical del bar, el salón se convertía en escenario de películas de Rock Hudson y Doris Day. Era un efecto que duraba poco tiempo pero de gran intensidad. Lo malo es que fuera de allí, de vuelta a la salita de diario, nuestras vidas volvían a desarrollarse en grises desvaídos, como si fuéramos permanentes cajas de ajuste de la tele.


Gris, gris, gris. Cantaba un grillo gangoso.

© Sap.
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sábado, octubre 17, 2009

"Viaje en autobús" Josep Pla


Mi interés por leer este "Viaje en autobús" de Josep Pla arranca de hace muchos años, de cuando leí un libro de vagabundajes de Cela (no recuerdo cuál) que se abría con una cita de la obra del ampurdanés: "Viajando en autobús el vuelo es gallináceo". Qué exactitud, eh. A mi entender, Josep Pla fue uno de los mejores prosistas del siglo XX español. Leerlo, tanto traducido de su catalán materno como en castellano original, es una delicia para los sentidos, en especial cuando su trabajo, como en este caso, consiste en gran parte, en describir paisajes teniendo a la comarca (al país, como él dice, y no es perogrullada recordar que paisaje viene de país) como medida de todas las cosas. Confieso por otra parte que a mi gusto por las causas perdidas, los esfuerzos baldíos y el actuar por amor al arte, se une la afición por las novelas en las que nunca pasa nada, algo que con todo merecimiento puede decirse de este "Viaje en autobús" donde hasta los escasos traslados en el vehículo son lentos, apacibles, justamente gallináceos.

Pero veamos. En "Viaje en autobús", escrito entre 1941 y 1942, o sea, en plena hambruna postbélica, el viaje es lo de menos. De hecho, no se trata de un único viaje lineal sino de varios cortos trayectos realizados a lo largo de un año y que lo llevan desde su Ampurdán natal a la comarca llamada de la Maresma (el Maresme). En el camino, tanto en el autobús, pero sobre todo en los pueblos que visita, se irá cruzando y describiendo los más interesantes tipos, desde los organizados estraperlistas a muchachas que se dirigen a un baile, de hambrientos que admiran un patatal a personajes de cierto relieve cultural. Para el dibujo de todo ello utiliza su prosa exacta, limpia, irónica, de frase corta y de adjetivos —especialidad de la casa— perfectamente colocados y ajustados. Un breve ejemplo, la evocación del maestro Vives, el famoso compositor:

"Íbamos al café. El maestro Vives veraneaba en el pueblo, donde tanto se le quería. Sentado en una silla, curvadas las enormes espaldas, abiertas las piernas, los brazos largos y fuertes apoyados en el pomo del bastón, parecía con su cara ancha, llena, de pómulos enormes, la boca sensual, las orejas peludas, de color terroso, un chimpancé agarrado al tallo de un arbolillo."

Pero sobre estas descripciones de tipos o costumbres o sucesos, se encuentra como digo la pintura del paisaje, tanto el natural como el del campo cultivado. Aquí es donde creo que Pla alcanza los mayores niveles estilísticos, donde hace que su pequeño país mediterráneo estuviera acabado de visitar y cantar por Virgilio y Horacio. El conjunto de sus párrafos, recuperadores de colores y olores infantiles (prueben a leer el libro en estado de suave duermevela), me recuerda con mucha viveza el cuadro famoso que Joan Miró vendió a Hemingway titulado "La masía" y donde todo es también ordenado, bello y sereno. De todas formas, su canto se dirigía a un mundo que ya en aquellos años empezaba o había dejado de existir... y el hombre sin tener ni idea de lo que le vendría luego encima con el desarrollismo, la emigración, el turismo y hasta el landismo. Tal vez por ello, el final del libro se convierte en una queja (Pla era un payés leído y conservador, preocupado por el dinero) que pregona la vuelta al campo, en un beatus ille que abomina de los ferrocarriles, los aeroplanos, las radios y los cinematógrafos. Mientras tanto, mientras llega a estas conclusiones, Pla divaga y habla de las setas y sus preparaciones, de la becada y las butifarras o de las sardanas de Pep Ventura, sin dejar de mostrarse lleno de ironía (fina ironía pero mordaz) y utilizando de continuo las calidades pictóricas de su prosa. Mirad, mirad qué bonito:

"La tarde se ha ido deslizando lentamente, como una gota de claro aceite dorado descendiendo por un plano de inclinación muy suave."

Así. Es todo así en "Viaje en autobús" como dije, lento, suave, sin que falte un humorismo descreído, del que se sonríe por un solo lado de la boca, como en este greguerizante ejemplo que muestra su desdén por las fotos: "Si hay dos cosas distintas son dos fotografías de un mismo ser humano realizadas con minutos de diferencia".

Para terminar y no cansar, diré que "Viaje en autobús" está escrito en un castellano donde, como es natural, abundan los catalanismos, algo que, como es natural también, lo enriquece hasta alcanzar niveles de extrema belleza. Por mi parte tuve la suerte antes de ponerme a leer (y es práctica que recomiendo) de revisar en el Tubo la larga entrevista televisiva del año 1976 que es tan interesante como prescindible es el nefasto entrevistador. El efecto que produjo es que fue la propia, la física voz de Pla la que me narró su obra. Tanto si van a leerla como no, recomiendo que escuchen sus intervenciones. Esta es la primera de sus nueve partes:
http://tinyurl.com/muk8ye
¡Ah!, y el cuadro: http://tinyurl.com/ks4n5f

jueves, octubre 15, 2009

"Mis Melenudos, 7"


"I'M ONLY SLEEPING"

Digámoslo de una vez por todas: a John Lennon le gustaba más una cama que a un tonto una tiza. Prueba de ello son las numerosas referencias que a tan adorable mueble le dedicó, tanto en su época de pertenencia a los Fab Four como durante su carrera en solitario. Por poner un ejemplo de títulos, ahí están “There is a place”, “Good morning, good morning”, “I’m so tired”, “Dream n. 9”, etc.

Pero sin duda, de todos sus temas cameros, puede ser este “I’m only sleeping” el más representativo. Cierto es que su inspiración partió muchas veces de los efectos causados por la ingesta de narcóticos y psicotrópicos; pero otras no. Otras emanó de su afición confesa por sobar en una buena piltra e incluso de ambas cosas, como es el caso de la canción que nos ocupa que, inserta en el l.p. Revolver (1966), o lo que es lo mismo, cuando a nuestros amigos, el famoso doctor Robert (a quien se dedica un tema en el mismo disco) les había dado a probar por vez primera el ácido lisérgico disuelto en zumo de naranja, experiencia que sobre ser positiva, fue origen de la inicial psicodelia que impregna todo el Revolver, y que finalmente se desarrollará en plenitud en el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band un año más tarde.

“I’m only sleeping” fue un producto típico de Revolver y en el que por tanto se incluyeron todos los nuevos sonidos que Lennon, con la inapreciable ayuda de George Martin, había experimentado. Y así podemos encontrar voces dobladas y una doble grabación de guitarra reproducida al revés. Estos efectos junto al hipnótico rasgueo de la acústica de John, hacen que la invocación al sueño y a la cama esté perfectamente conseguida. Así que cuidado, no vaya a ser que al escucharla os quedéis frititos. Ahí va en versión remasterizada:

http://www.youtube.com/watch?v=X2m8e3kY2Bc


SÓLO ESTOY DURMIENDO

Cuando me despierto por la mañana temprano
levanto la cabeza y sigo bostezando.
Cuando estoy en mitad de un sueño
tumbado en la cama, floto corriente abajo.
Por favor, no me despiertes, no me remuevas
déjame donde estoy porque sólo estoy durmiendo

Parece que todo el mundo cree que soy un gandul.
No me importa, creo que están locos
corriendo de un lado para otro a toda prisa
hasta que se dan cuenta que no había necesidad.
Por favor, no me estropees el día, estoy a kilómetros de aquí
y después de todo, sólo estoy durmiendo

Echándole un vistazo al mundo que pasa por mi ventana
tomándome mi tiempo, tumbado y mirando al techo
espero que llegue el sueño.
Por favor, no me estropees el día, estoy a kilómetros de aquí
y después de todo, sólo estoy durmiendo

martes, octubre 13, 2009

Todos querían a L. A.

Al poco de conocer la luctuosa noticia, un opinador dijo en la radio que “Luis Aguilé ya podía cantar durante dos horas seguidas que todos los que cumplimos cincuenta años tararearíamos cuanto cantara”. Es cierto. Luis Aguilé, más que famoso (famoso en la execrable acepción moderna), fue popular y familiar, hasta alcanzar para muchos el grado de entrañable. Un fijo de la tele, y por lo tanto, de nuestras vidas. Aguilé era como uno de esos primos segundos o terceros con los que no tenemos relación pero con los que mantenemos un vínculo de pertenencia. En su caso, esta pertenencia ha sido a la memoria común de al menos dos generaciones. Tenía una inmediata capacidad de alegrar y en muchos momentos, hasta de divertir, pues pertenecía a esa clase de cantantes que ya han desaparecido de la escena por extinción de la especie, los que ejercían su oficio para simple y llanamente, como digo, divertir. Era un caso similar, por familiaridad y actitud, al de Peret.

Personalmente había dos cosas que me hacían mucha gracia de Luis Aguilé. La primera, el acento que adoptó para interpretar sus canciones, que no era el suyo argentino natal, sino un español inflexionado hasta hacerlo parecer el de un turista entre inglés y francés. Imagino que esta acusada característica podría deberse a la exitosa estela que habían dejado algunos crooners yanquis que cantaron en castellano, a la cabeza de ellos aquel cantante negro con nombre de restaurante chino, Nat King Cole. La otra cosa graciosa es que en sus actuaciones y programas televisivos (todos familiares y de un humor tan blanco como el abdomen de Iniesta) le gustaba aparecer como un seductor en la onda de Sinatra, algo decididamente chocante en cuanto se observaban sus ojos de lechón que a medida que fue cumpliendo años se fueron haciendo más porcinos, y a su pelambrera, que en cuanto escaseó debió emplear una complicada ingeniería capilar para disponerlo de tal forma que no se notara su falta, dándole finalmente el aspecto, con su tupecillo abovedado y el tintazo en tono whisky, de una vieja gloria del rockabilly. Por otro lado, Aguilé tenía un cuerpo de hechuras eunucoides que trataba de disimular con anchísimas corbatas de colores y que en casa, a mi tía Anita, la hacía exclamar cada vez que aparecía en la pantalla grisácea, “Huy, mira éste, estrecho de espalda y ancho de culo, maricón seguro”, burla que llegaba a mortificarme pues a mí me gustaba el muchacho tal como era.

Como entrevistado, Aguilé hablaba mucho, era un punto engreído y sabía absolutamente de todo. En dos palabras, era argentino. Hasta se dice que llegó a ser finalista del Planeta, pues en sus últimos años le dio por escribir novelas (¿Alguien conoce alguna, por favor?). Siempre presentó cierta amargura de no haber sido reconocido suficientemente por la crítica “seria” que no dejó nunca de verlo como un chisgarabís que no iba más allá del Tío Calambre y Juanita Banana, algo desde luego profundamente injusto por parte de la crítica, pero exagerado también por parte de Aguilé. Creo que se hubiera emocionado muchísimo cuando en los telediarios todos los entrevistados en la calle se mostraban consternados ante la noticia de su fallecimiento, teniendo para él las palabras más cariñosas y admirativas. Es lo que importa. A ese coro, y desde luego agradecido, me uno con todo pesar, pues su muerte, con todas sus referencias, toda su tele, sus gafas redondas de pasta, sus sombreritos pata de gallo, su bastoncito y su chispeante geticulación a cuestas me acerca, inexorable, implacable, a la mía propia.